Creyeron que no tener secretos era la prueba definitiva del amor… hasta que la tecnología empezó a revelar todo lo que nunca debió decirse.
Porque hay pensamientos que no se dicen… no por mentira, sino por supervivencia.
Mariam y Francisco Urquiza formaban una de las parejas más emblemáticas del barrio. Muchos de nosotros habíamos podido ver como habían crecido juntos. Se conocían tanto que parecían leerse la mente. Todos hubiésemos querido tener un amor así. Pero la tarde en que la Casa Belgrano les hizo un extraño regalo por su aniversario 45, sus vidas cambiarían.
La gestión para que el homenaje fuera realizado como parte de las actividades por la fundación del barrio estuvieron a cargo de “La petisa cejona” y Polaco, antiguos vecinos de la zona de la Basílica del Santísimo Sacramento. Años después, nos contaría un allegado a los organizadores, que la entrega real del presente la hicieron en una de las instalaciones de Pelligrini, muy cerca a la Estación San Martín.
El obsequio –que en realidad eran dos– estaba en una pequeña caja forrada en terciopelo negro. Podríamos decir que eran dos tarjetas de memoria, muy parecidas a las que se les colocaba a unos aparatos de comunicación electromagnética llamada a inicios de siglo “celulares”, y que aun, algunos nostálgicos usan.
Estas tarjetas eran del tamaño de una uña de pulgar y parecían estar hechas de silicona o algún otro material suave, blando y transparente, lo que permitía ver sus singulares circuitos, constituidos como una red de pequeñas venas palpitantes.
Los viejos estaban un poco asustados. Eran de otra generación y todos los objetos expuestos en las vitrinas proyectadas en el establecimiento donde se realizó el pacto, los intimidaba. La Casa Belgrano era un bazar de regalos con su propio centro de investigación en nanotecnología.
De hecho, el regalo que les hacían a los Urquiza ya tenía algunos años de haber sido expuesto en el mercado, pero se usaba para el desarrollo de contrainteligencia criminal. El transmisor telepático de alta gama Y15, conocido de manera comercial como “Juntos”, sería colocado por primera vez en una pareja, para fines más… digamos… cotidianos.
Los Urquiza firmaron un acuerdo legal de aceptación de responsabilidad autónoma con riesgos colaterales y el compromiso de contrato por un año. Mariam siempre había sido más abierta a las innovaciones y la idea la entusiasmó. Su marido sufría un poco de sordera y no era secreto para los amigos, que esto les estaba causando una serie de malos entendidos domésticos y algunas tontas discusiones. Francisco aceptó el regalo solo por Mariam.
Las tarjetas fueron introducidas en los cerebros de la pareja en un procedimiento ambulatorio que duró poco menos de treinta minutos. Nada del otro mundo. Con el regalo colocado, leerse la mente para los Urquiza, ya era algo real.
El aparato tenía un filtro de disturbios y ruidos mentales que evitaba que la otra persona conectada captara las ideas inconexas y sin estructura clara. Para lograr la conectividad, el alcance de los aparatos no debía sobrepasar los 20 metros a la redonda.
Las pruebas de transmisión telepática dejaron entusiasmada a la pareja.
Al llegar a casa, lo primero que hizo Francisco fue reparar el viejo estante en que Mariam guardaba sus libros. A ella realmente le agradaba ese aparatoso mueble que Francisco tantas veces había querido vender a los ropavejeros. Mariam quedó encantada y agradeció el gesto con una compota de manzana con canela, que Francisco adoraba porque le traía recuerdos de su niñez en Villa Cacique.
Durante algunos días, como jovenzuelos enamorados buscaron darse gusto en todo. No era necesario hablar para saber lo que el otro necesitaba y los elogios cursis, que a nadie le hubiera gustado oír, fluyeron sin recato.
Pero la novedad acabó y el manto anímico de lo ordinario los alcanzó. No tardaron en llegar las críticas, la evidencia del hartazgo, la sensación de vigilancia, los recuerdos inapropiados dentro de una pareja de esposos, el descubrimiento de pensamientos abyectos de todo calibre, y todo lo que tratamos de ocultar para llevar la buena convivencia o, al menos, una que sea lo suficientemente pacífica para vivir sin sobresaltos.
La degeneración de la relación hizo que cada uno buscara el rincón más alejado de la casa o saliera de esta, para no ser alcanzado por la vigilancia del otro. La frase “querer estar solo con sus pensamientos” tenía un real sentido para Mariam y Francisco.
La idea de una vida más fácil que significó –en un primer momento– poder leer la mente del otro, se había convertido en la maldición que significa descubrir una nueva infamia y traición a cada instante.
Mariam se refugió en la meditación y el yoga, y Francisco buscó primero en la carpintería, luego en el ajedrez, y en los juegos de computadora, un amparo para evitar los pensamientos –que aun sin querer– pudieran deteriorar más la relación.
Los años que habían compartido, les impedía plantearse una separación drástica. Las estrategias para alejarse del otro y evitar las batallas telepáticas dentro de la misma convivencia eran la solución pasajera que hallaron.
Pero después de 12 meses, se dieron cuenta que de esa pareja amorosa que había cumplido 45 años de sólida amistad, solo quedaban un par de desconocidos con intereses absolutamente dispares, un par de individuos desconfiados y decepcionados, que habían terminado declarando a su amoroso compinche, su peor enemigo.
Semanas después de acabado el plazo del contrato por la utilización del transmisor telepático de alta gama Y15, los Urquizo decidieron vender su casa. No se les volvió a ver juntos.