Tu escritura nace sola. Aquí encuentra comunidad

El escritorio

Autor: Tamara Paloma

 

Compró un escritorio antiguo… y con él, algo empezó a cambiar.
Al inicio fue inspiración. Luego, obediencia. Después, condena.

Porque hay objetos que no se poseen… te poseen.

Esto no es un cuento. Es un pedido de ayuda, una súplica desesperada por hacer que este mensaje llegue a alguien que pueda lograr rescatarme de este escritorio o, mejor dicho, de la influencia demoniaca que tiene sobre mí.

Todo empezó en una compra de remate de objetos usados en la puerta de una casa. Los dueños no vivían más en ella y un tipo, al parecer, sin mayor relación con los propietarios, dirigía la subasta.

Habían improvisado en este mercadillo varias baratijas colocadas en cajas y la gente podía llevarse a buen precio y rebuscando en los anaqueles, una variedad de curiosas piezas.

Casi separado de lo que estaba en exposición logré ver un bulto mal cubierto con sábanas. Me acerqué para curiosear. Era un escritorio, y no pude evitar examinar cada uno de sus detalles, pues tengo fascinación por los muebles antiguos.

Revisaba sus cajoneras cuando el encargado se acercó a mí aclarando que los dueños no querían venderlo. Pero el acabado y las condiciones perfectas en que se había mantenido me hicieron insistir sobre la posibilidad de un acuerdo. El hombre, a pesar de la prohibición que dijo tener, accedió. Y aunque el precio que me dio era exorbitante y fuera de mi alcance, busqué la manera de conseguir el dinero para pagar por este.

Ya en casa, le hice un espacio adecuado a mi nueva joya. Sin mayor consideración me deshice de libros, documentos de importancia y objetos que, para mí, antes de aquel día, habían tenido un especial significado.

Desde el momento que me senté frente al escritorio no pude volver a distanciarme. Estaba escribiendo con la facilidad que siempre había deseado, pero pronto deje de ser quien comandaba las tramas y las historias comenzaron a brotar por sí solas como si fuesen dictadas por una inteligencia externa. Lo que salía de mí eran relatos terribles llenos de tragedias, muerte y dolor. Historias que pensaba, poco tenían que ver con mi alma, pero que fueron produciéndome un cambio sustancial.

No volví a levantarme de la silla ni para dormir ni comer y –hasta me avergüenza ahora mismo confesarlo– dejé de ser capaz de alejarme del escritorio para realizar mis necesidades fisiológicas. 

Mi familia se distanció de mí, como resultado de mi demencial obsesión por seguir escribiendo lo que el escritorio no dejaba de dictarme. Cada vez sentían más miedo de mis reacciones y de ingresar a la habitación donde únicamente el escritorio era dueño de todo. Yo respondía los reclamos de mi familia y, hasta de mis hijos más pequeños, con blasfemias que jamás antes había dicho.

Hasta que, en algún momento, sin que pudiera reparar cuándo, todos decidieron abandonarme.

Y así me quedé en casa, sin comer, sin dormir, con el cuerpo adolorido y pegoteado entre mis heces y orines. Sin poder escapar y sin conciencia de que mi estado calamitoso me conduciría a la muerte.

Después de un tiempo, llegó a la vivienda un sacerdote, estaba acompañado de unos monjes y de la propietaria de la casa donde había habitado el dueño del escritorio que me antecedió. El grupo entró al ambiente que ocupaba. Todos estaban protegidos con mascarillas para no ser víctimas de mi pestilencia. Comenzaron a rezar y a pedir por mi alma, puesto que mi cuerpo atrapado en aquel instrumento del demonio no permitiría que me alejara hasta robarme el alma como lo había hecho con todas sus víctimas desde hace más de 400 años.

Los rezos lograron que pudiera discernir lo que estaba viviendo y pudiera comprender las razones que el exorcista me daba, pero aquello solo causó mayor sufrimiento porque ni aun entendiendo el peligro, lograba alejarme para salvar mi vida.

Ese grupo era mi única esperanza de salvación y se mantuvo firme enfrentando a la bestia, hasta que, finalmente, agotaron todas las posibilidades y, cada uno de los integrantes se fue marchando uno a uno.

Por momentos, logro descubrir, aunque no pueda despegarme de este asiento, que existen horas en que los demonios dejan de hablar entre sí y de dictar lo que debo escribir. No sé lo que sucede, simplemente se callan permitiendo que mi mente descanse, quizás ellos también lo hacen, aunque no sabía que los seres del inframundo necesitaran hacerlo. Aprovecho en escribir, entonces, como ahora mismo, una advertencia para que cuando este escritorio llegue por accidente a otras manos, el nuevo esclavo descubra todo y pueda salvarse del destino que a mí me ha tocado enfrentar.

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