ILDIKO
en su
noche de bodas
Un cuento de Carmen Luz Gorriti
—Esta niña…¿la tocaron tus oficiales?.
—No. A la hija de Gunther, la conservamos sin hollar. Pueden dar un buen rescate por ella.
—Interesante… ¿Entonces se la ha respetado?
(Diálogo entre Atila y su hijo Elac. Año 453 d.c. Llanura Panónica. Hungría, )
***
Ildiko no pudo sostener la tensión por más tiempo y se quedó dormida sobre las pieles del tálamo nupcial. Entre el oro revuelto de su cabellera brillan unos pendientes de rubí, regalo de desposada; su boca, toscamente dibujada con carmín de la India, parece una jugosa granada. Tal vez sueña una cabalgata a las orillas del Rin, siguiendo la huella de su padre, rey de los burgundios, cuando señala con su espada hacia Roma, que pronto será abatida. ¡Padre!
Una mirada atenta dibuja los contornos de aquella piel, tan blanca. Los ojos oblicuos recorren al detalle ese cuerpo que ahora es suyo y se detienen en la boca roja, que pareciera asaltar la mirada. Parpadea el rey de los hunos, le gusta la belleza discreta, aquella que invita a explorar lugares desconocidos.
Ildiko abandona el sueño, pero disimula y mantiene los párpados cerrados. La noche será larga, será difícil.
—Puedes abrir los ojos, niña.
El hombre que es su marido desde hace unas horas, está plácidamente sentado sobre una banqueta baja en la habitación nupcial del palacio de madera. No es alto, no se parece a los hombres rubios de su país, tal vez porque este tiene las piernas extrañamente arqueadas, como si el fantasma del caballo aún permaneciera entre sus muslos. El manto de brocado bizantino parece fuera de lugar en aquellos hombros rudos, que sostienen unos brazos musculosos, las manos grandes no llevan anillos. Es un hombre fuerte en un remanso sereno. Además, es viejo.
Usos son de la guerra, le dijeron Andras y Boron, los generales del ejército de su padre, tras la derrota. Ildiko se negó a trocar la armadura de piel por la túnica bordada que corrieron a traerle, pero ya venían los mensajeros a llevársela.
—¡Pronto, princesa!
—¡No!
—Hemos perdido nuestra libertad y nuestras tierras, tú has perdido a tu padre. El amo es otro y se sabe que perdona la vida a quien acepta su imperio.
—Yo soy una princesa y tú has perdido el honor. ¿Dónde está mi hermano?
—Negociando tu entrega…y su vida
Debería abrir los ojos a su real situación, el cautiverio. Trata de convencerse de que podría haber sido peor. Recuerda que vio volar bajo la espada, la cabeza de su padre, pero ella rugió aún más. Ciega de ira, en la ferocidad de la batalla estuvo dispuesta a matar y morir; sin embargo, ahora está viva, con la cabeza en su sitio y eso le gusta.
El bufón de la corte le dijo que tendría que sentirse afortunada.
—Ahora mismo podrías ser la diversión de cualquiera de sus generales. ¿Por qué no estás llena de gratitud?
Es Zarko el mauritano, según le llaman los guerreros hunos. Tocar su espalda curvada atrae los favores del destino en la creencia de los bárbaros escitas, pero Ildiko no entiende aquella costumbre tan ajena a la gracia heroica de sus dioses eslavos. El enano permite que lo toquen, acepta regalos, luego hace muecas y se burla de todos. Algunos se ríen, Atila nunca. Dicen que el difunto Bleda, que también era rey de los hunos, le tomó tanta afición que incluso perdonó que hubiera intentado fugarse y poco después le entregó como esposa a Julia, una noble bizantina que el emperador Teodosio envió junto con el tributo anual. Pero ahora Bleda está muerto, su hermano Atila gobierna solo y nadie sabe por qué razones conserva en su corte a aquel bufón que no le provoca risa.
—Tú y yo somos prisioneros en esta Corte, ambos extrañamos a nuestro pueblo, princesa. Puedes contar conmigo cuando quieras—El mauritano le ha entregado un extraño regalo nupcial que casi quemó las manos de Ildiko: adentro de una delicada cajita de sándalo estaban colocadas pequeñas esferas de ungüento rojo… ¿sangre?
La mujer de Zarko se rio ante su sorpresa
—Bella borgoñona, las mujeres de Constantinopla sabemos colocar en nuestros labios la fruta más deliciosa que un hombre pudiera disfrutar. Ven conmigo, te enseñaré a usar este bálsamo ruboroso para que te sirva según tus intenciones.
Todo le parece confuso desde que la trajeron al palacio huno. Ildiko en verdad lamenta haberse despertado en la habitación de Atila y en este momento solo desea contener el pulso agitado de sus venas. Ensaya una respiración rítmica y profunda, como cuando intentaba engañar a madre, en el castillo de piedra de Borbetomagus, su pueblo.
—Tengo algunas cosas que hacer—dice por fin, el rey—Cuando la niña quiera abrir los ojos puede avisarme
Se levantó de un salto y, con la antorcha en la mano, caminó hacia el fondo del aposento donde se extendían grandes pellejos de piel de rata, marcados con extrañas líneas. ¿Montañas, ciudades, caminos, murallas? El hombre se sentó con las piernas cruzadas y, mirando los signos, se entregó a la meditación.
Ildiko pensó que aquel rey iría muy pronto a consumar la posesión, pero estaba allí, en silencio ante las telas absurdamente dibujadas “No, no está dormido. Solo es astuto – se dijo- Tal vez espera que yo vaya en su busca”. Decidió no moverse del lecho, pero lo olvidó pronto, atraída por el trajín de pájaros nocturnos. Caminó en su busca y encontró el ingreso a un huerto arbolado.
Ya la noche vestía de secreto las formas, pero pudo escuchar murmullos de gargantas finas entre hojas y ramas que el viento de otoño agitaba. Vio aves de larga cola con plumas azules y verdes, otras de penacho blanco y oro que parecían hablar con voz cascada y otras más pequeñas, de patas rojas como incendios. Algo semejante a un plumero verde rozó su frente, era un pajarraco de gran tamaño y pico de gancho que se fue a posar en ramas donde había docenas de iguales. De repente escuchó sus gritos y le dio risa, ¡parecen las amigas de su madre en una tarde de tejido! Nunca había visto tal cantidad de aves en su frío país, donde los plumajes siempre son grises o negros. Uuuhhh, le llamó un animal de grandes ojos y mirada fija. Se sobresaltó.
—¿Tienes miedo a las lechuzas?—le dijo Atila, con voz profunda.
—¿Así le llamas a este bicho de manto oscuro?- preguntó ella
Desde la penumbra vio avanzar al rey y era como si aún montara a Rugio, el caballo infernal, que surgió entre las llamas para conducir a su amo hacia el golpe certero … Ildiko buscó su espada en el cinto, pero no había cinto, tampoco había espada. Recordó que estaba en las habitaciones del vencedor, esperando la consumación de la derrota. “Padre me enseñó a esperar”, se dijo, para traer calma a su ánimo. Y esperó.
Con cuidadoso interés, Atila le presentó cada especie de aves, mientras las saludaba una a una. ¿Por qué se le acercan, por qué no escapan? pensó ella.
—Esta es su casa, nadie entra aquí, solo yo, porque los pájaros me invitan –respondió el rey, como si hubiera adivinado la pregunta- En este lugar, ellos son los amos, yo soy su visita.
Los alados rodeaban a Atila y lo celebraban.
—Pero a ti te han permitido entrar sin expulsarte- la miró con sorpresa—¿qué encantamiento usaste?
Ildiko no responde preguntas ni le gusta que se las hagan. Dio media vuelta para regresar a la habitación del que ya era su esposo, vagamente inquieta por el curso de los acontecimientos. Como si le hiciera un guiño, la Gran Espada, inmensa dentro de su vaina, apareció ante sus ojos. Tuvo una visión fugaz, una cabeza rodando. Atila pasó por su lado, con ese caminar extraño y le dijo, como si adivinara
— Tal vez dentro de 20 años, walkiria, conseguirás fuerza para levantarla y guiar a tu pueblo al triunfo. Ahora solo tienes que aprender a sobrevivir.
Esta vez ella fue detrás de él. ¿Cómo la conseguiste? ¿Es cierto que te la enviaron los dioses? ¿Cuántas cabezas cortaste con la espada, cuántos pechos atravesaste? ¿Cuántos niños dejaste huérfanos? El horror la invadió, pero a la repulsión se añadía un extraño interés.
—¿Qué te contó tu padre, niña?
—No es necesario contar algo sobre ti, Atila. Los burgundios sabemos que nada queda vivo allí donde tu sandalia pisa. Mi madre, la reina, se opuso a cualquier alianza con los Hunos y en contra de Roma. La sangre no es el único camino para vencer al Imperio, decía ella.
El guerrero giró para mirarla con sus ojos rasgados y lanzó una carcajada.
—¿Así que fue por causa de ella? Gunther era mi aliado, pero retiró a sus ejércitos, abandonó el campo de batalla y nuestra amistad terminó. ¡Por la cobardía de burgundios y alamanos no tomamos Roma en el momento preciso!
Ildiko podría haber defendido el honor de su padre con importantes razones que madre le había explicado oportunamente. La tradición burgundia acoge los buenos oficios de la reina en el gobierno de su pueblo, pero, ¿de qué sirve la verdad cuando solo se es una esclava de placer en manos del enemigo?
—No espero que me enseñes a usar tu espada, amo –ensayó la ironía- Ya me han enterado que sólo entrará en mi vientre la espada de tu carne, para hacerme todos los hijos que quieras.
¿Fue pena lo que asomó a los ojos del hombre? Apenas pudo verlo porque ya había girado y se dirigía otra vez hacia las pieles pintadas al fondo de la alcoba.
—Demasiadas mujeres han abierto su vientre al amor de Atila, no me interesan vuestras maternidades—dijo Atila mientras se alejaba—y si crees que puedes usar mi espada contra mí, inténtalo. Las armas de dios no son traidoras como las mujeres, ellas tienen un solo amo…y odian a sus enemigos
¡Ahora! La mujer dio un salto felino para desenvainar la Espada de Dios y cumplir el deseo de madre, un solo golpe, no importa si por la espalda ¡aplacar la ira! Pero la espada no se movió ni un milímetro. Gritó de rabia, para no llorar y cayó al suelo.
El hombre, sólido y triste, no se volvió para mirarla. Al cabo de mucho tiempo seguía sentado frente a aquellas pieles teñidas con extraños signos. No era eso lo que ella esperaba, las mujeres nunca le habían dicho que algún guerrero se comportara de tal manera y menos éste. Sus ojos buscaron la gran puerta de salida. ¿Tal vez los vigilantes, ahítos del licor del banquete, se habían dormido? ¿Hasta dónde podría llegar ella, qué ruta de escape tomar? ¿Quién se atrevería a recibir a una princesa deshonrada? Y, sobre todo, ¿quería irse Ildiko?
—No es bueno para ti —le dijo Atila—Alguno de mis guerreros beodos podría confundirte y llevarte a su lecho. No sé lo que haré contigo mañana, pero esta noche no me interesas. Duérmete y déjame tranquilo.
¿Qué podían decir aquellas pieles dibujadas que atraían tanto la mirada del rey bárbaro? Ildiko no corrió a la puerta y, por el contrario, se deslizó hacia el fondo iluminado por antorchas.
—Me das miedo. Tu cara es extraña, tu piel oscura, tus ojos… apenas están abiertos, pero parece que se tragan todo lo que se mueve desde el oriente hasta el poniente. Y tu nariz aplastada, ¿a dónde te quitaron parte de la nariz?
Esta vez los ojos de Atila se achicaron y brillaron en una sonrisa. Recordó el orgullo de su madre cuando logró aplanar la nariz de los hijos y lo hizo tan bien que el casco encajaba plenamente. Y en ese momento se dio cuenta de algo, ¿hace cuánto tiempo no sonreía? La última vez fue cuando alguna mujer insolente le hizo preguntas. ¿Cuándo sucedió eso? Antes. Cuando escogía, cuando lo escogían. Antes de heredar la pesada carga del trono y la misión que él y su hermano recibieran del tío Rugila: “Sobre Panonia asentaremos la vida de nuestro pueblo y se extenderá la nobleza de nuestras costumbres a todo Occidente”
—Tú me haces reír, cría de Gunther, desde que eras así de chiquita.
—Mientes, nunca te he visto antes.
—Tu padre y yo nos conocimos mientras estudiábamos en Roma. Hicimos una larga alianza, visité su castillo. Eras una pequeña y atrevida walkiria, y yo te miraba como se mira a los ángeles. No deberías estar aquí, pero son usos de la guerra tomar el botín ganado en batalla. No quise entregarte a mi hijo que, sin duda ya te hubiera tendido bajo su cuerpo. Anda, este ya no es mi lecho, te lo concedo mientras dure la oscuridad. Cuando sea de día irás con las otras mujeres de mi casa.
—¿Prefieres acompañarte de esas extrañas pieles con dibujos? ¿Allí está la magia que retiene tu espada en su vaina?
Atila lanzó la carcajada. “Ven” le dijo y le dio la mano para que se siente a su lado.
—Esto es Nakshatra, el camino que recorren las estrellas en el firmamento. Cada uno de nosotros tiene un tiempo marcado. Shatru Bhava, mi estrella, está aquí.
Inclinada sobre su hombro, Ildiko veía con curiosidad las líneas mientras el olor del hombre la envolvía. Mucho más que guerra y muerte había en ese aroma, mucho más que espadas e intrigas. Algo la atraía profundamente y ya no le permitía alejarse, ni siquiera deseaba saber qué era, solo deseaba abandonarse a un agradable yugo.
—¿Dónde está mi estrella, Atila? ¿Acaso está cerca de la tuya?
Atila la miró con sorpresa, como si acabara de descubrirla.
—No, niña. Estos son los caminos de mi vida, pintados por la mano de mi maestro Aryabhatta. En ellos no estás tú.
—Me hiciste tu esposa, todos lo han visto. ¿Ahora me echarás a los perros?
Atila se levantó de los cojines. Desde abajo, ella lo vio inmenso y terrible.
—Tú no estás en mi vida, nadie más estará en mi vida. Los caminos terminan hoy, eso es lo que dice Rashi, mi signo, que está, ahora mismo, colocado sobre la casa de la muerte.
—¿Cómo? -balbuceó la mujer— ¿sabes más que los dioses?
—Los hunos no tenemos dioses.
De alguna extraña manera, Ildiko supo que su vida estaba atada a ese hombre. “Estoy perdida” pensó. Y tomó una decisión.
—Atila, ahora soy yo quien te pide que me desposes. Te elijo a ti por encima de todos los hombres y si has de morir, moriré a tu lado.
Ahora estaba parada frente al guerrero fuerte y viejo. La mujer joven, como un tallo flexible, se arrimó a su cuerpo. ¿Quién se encendió primero?
Aquel hombre que tantas veces había visto su muerte, sintió despertar en su sangre el antiguo deseo de suavidad. La mujer que solo sabía de deseos, quería ser rodeada por ese cuerpo inmenso, pleno de poder. El calor del abrazo aflojó los nudos, ya no parecía que nada fuera importante, más allá de aquella oleada de sensaciones nuevas, los territorios desconocidos.
—Atila, mi pueblo te llama E’til, así te llamaré al oído para que me abraces.
Y él quería llorar porque se estaba derritiendo. Las murallas caían, solo existía el deseo por hundirse en la carne tierna de la mujer. Ildiko sabía que debía darle la espalda para que él la doblegara, consumando así la maldición que el amor le impone a la hembra junto con el placer, pero ya no le importaba nada de lo que pudiera suceder al día siguiente, ahora quería sentir a ese hombre en su entraña.
—¿Qué haces, Ildiko? —Por primera vez Atila la llamaba por su nombre.
Colocada sobre las rodillas, arrimó su espalda tersa al pecho gigante, atrajo los brazos del hombre hacia sus pechos redondos y murmuró “E’til, así se entregan al amor las mujeres de mi pueblo”. Atila lo entendió. Inclinándose sobre ella, abrió los muslos blancos con suavidad. Como agua hirviendo sobre el hielo, el calor de la mujer recorrió el vientre del hombre y Atila entró en Ildiko muchas veces.
Extenuados tras la batalla, sobre los amantes flotó la alegría. Los pájaros también parecían reír desde la arboleda vecina. Ildiko, que ya había conocido el amor de algún joven, se estremecía aún como si fuera una nueva primera vez y descubría que el deseo no se agota en un abrazo, mas, todo lo contrario, pareciera que recién estaba empezando. Tendidos sobre las pieles del lecho, ella probaba a respirar los fuertes humores de la piel del hombre. Su nariz inquieta exploraba cada centímetro, “aquí no hueles de la misma manera, aquí es más dulce, acá es agrio”. Atila recobraba aliento, y descubría una vez más, después de mucho tiempo, que siempre le gustó ser vencido de esa manera, ahora que su espada de hombre había regresado, satisfecha, a su empuñadura.
En el trance de los humores, la nariz de Ildiko encontró en la nariz de Atila un nuevo placer, frotándolas una contra otra. Pronto los labios encontraron los labios. Los labios rojos de Ildiko, torpemente embadurnados en carmín de la India, se restregaron, primero suave y luego ferozmente, contra los labios de Atila. “E’til, tu saliva es agradable a mi boca” le decía, mientras el hombre se abandonaba primero y luego empezaba a dudar. Los labios de la mujer eran suaves y dulces, pero llevaban un desesperante sabor. ¡Ascidias del Nilo!, recordó el rey, mientras trataba de explicarle a la mujer, que no eran sus labios lo que él rechazaba sino el veneno de aquellos mariscos a los cuales era, desde niño, fatalmente alérgico.
La boca empezó a hormiguearle y, por fin, él rechazó el beso. Atila trató de recordar. Hacía muchos años que se protegía de los venenos consumiendo solo caza silvestre en su escudilla de madera, pero ya había olvidado llevar consigo las medicinas salvadoras. ¿Quién las tenía, dónde estaban? ¿Qué hacía su madre cuando el niño Atila entraba en el trance de la asfixia? No lograba recordar y casi ya no podía emitir sonido. Una bomba empezó a reventar bajo su piel y su corazón también parecía que iba a explotar. Se llevó las manos a la garganta para abrirla, vano intento por hacer posible que entre el aire, pero la garganta fue llenada por un chorro de sangre, que también salía por su nariz y por sus orejas. Ildiko intentó secar la sangre con su delicada túnica, quiso darle el aire de su boca y al fin pudo gritar pidiendo ayuda, aunque aquella llegara junto a la espada vengadora de los guerreros hunos.
El médico de la corte llegó muy pronto, solo para comprobar que ya no podía hacer nada, la hemorragia era inevitable. Los generales, aún embriagados por el festín, reaccionaron lenta y torpemente: cuando ingresaron a la cámara nupcial Atila había muerto.
Aullando de dolor, los guerreros empezaron a tasajear sus rostros para confundir su sangre con la del amado rey, algunos quisieron irse con él a los caminos del otro mundo. Llegaron las mujeres del harén para rodear al hombre que alguna vez, entre guerra y guerra, las había amado tiernamente. Nadie se fijó en el guiñapo sollozante que era la recién casada, por eso Zarko pudo acercarse sin que nadie fijara en ellos su mirada.
—Buen trabajo, princesa. A la salida del palacio te espera un caballo. Has ganado tu libertad.