Por: Tamara Paloma
En las aldeas africanas, la máscara formaba parte de la creación del mundo social. Tallada en madera y pintada con pigmentos de tierra y ceniza, no fue un simple objeto, sino que llevaba con ella una personalidad adoptada. El danzante la ajustaba al rostro y, cuando el tambor marcaba el pulso, la comunidad sentía la vibración expandirse en el interior de sus cuerpos. El rito convocaba a los ancestros y la memoria colectiva reanudaba su vínculo alrededor del fuego.

Con la trata esclavista, esas prácticas cruzaron el océano. En América se encontraron con el calendario del catolicismo español. El carnaval –mezcla de antiguas fiestas paganas y tradición cristiana– debía su nombre a carnem levare, “quitar la carne”. Se celebraba antes de la Cuaresma, periodo de cuarenta días de ayuno y penitencia que preparaba el espíritu para la Pascua.
El carnaval era licencia antes del recogimiento. Se comía y bebía en abundancia, se invertían jerarquías, se dejaba libertad a los impulsos eróticos y las máscaras tomaban la calle. Como muchos españoles evitaban representar al diablo, permitieron que los negros lo hicieran. En fiestas como el Corpus Christi, los afrodescendientes encarnaban al mal que debía ser vencido por la fe cristiana.
Pero en la calle, con el tiempo, los descendientes africanos incorporaron sus ritmos y transformaron al diablo en energía propia. Las máscaras exageraban gestos, abrían bocas desmesuradas y los cuerpos les daban movimiento con danzas intensas. Entre los grupos de danzantes surgió la figura líder del “Diablo Mayor”, elegido por su fuerza y carisma, sin distinción entre hombres o mujeres. La máscara se convirtió en una manera de representar la identidad cultural.
Con el tiempo, esa tensión entre control religioso y expresión popular dio forma a una tradición propia. El diablo dejó de ser únicamente figura de la educación católica y se convirtió en protagonista del carnaval limeño y de otras localidades. En cada paso de baile, en cada giro del tambor, se dejaba una huella de resistencia.

Desfile del Son de los Diablos realizado el domingo 22 de febrero en Magdalena del Mar.