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Festival carmesí

Autor: Tamara Paloma

 

La quinta estaba a poco más de una cuadra del Callejón de las siete puñaladas, en el jirón Cangallo. Mi hermana trabajaba en el hostal Belén como administradora, y se había comprometido a preparar un pisco acanelado para el festival, pero no salió a recibirme. Repentinamente, un apagón nos sorprendió unos minutos después de las 10 de la noche, según marcaba el reloj que adornaba el hall. Decidí, entonces, llevarme un macerado que tenían en la recepción. Al cuartelero no le importó.

A pesar de lo cotidiano que eran los cortes de luz, en el hospedaje no sabían dónde estaban las velas y solo pudieron encender una misionera para alumbrar la entrada. El pequeño fuego, de esta, quedó acorralado por una mica roja reblandecida por el calor.

La oscuridad absoluta fue cediendo para adquirir una tonalidad de luz rojiza que, en complicidad con las viejas cortinas de un terciopelo del mismo color y los gemidos provenientes de las habitaciones le daban, al lugar, su justa categoría de burdelito barrial.

Metí la damajuana en una bolsa negra y al salir a la calle abandoné por completo la tenue iluminación que me permitía adivinar los objetos que me rodeaban. Las calles estaban vacían y avancé por ellas, como quien ingresa desde una garganta, rumbo a las profundidades de un organismo gigante.

Caminé a paso apresurado para llegar a tiempo, mi corazón agitado parecía ser parte de las pulsaciones del ser que me albergaba.

Al llegar a la esquina de la cuadra donde estaba ubicada la quinta, sentí un nudo caliente en mi garganta, un calor que irradiaba hasta el centro de mi pecho estrujado y el aviso, algo prematuro, de un aflojamiento de tripas. Hay quienes le llaman a esta sensación intuición; para otros, son síntomas de ansiedad, aunque nuestra retorcida educación sentimental nos haya hecho creer, durante tanto tiempo, que era amor.

Me detuve un instante para tomar aliento. La campana de la Iglesia Santa Ana retumbó diez veces.

Un auto pasó lento, a mi lado, con las luces apagadas y las lunas polarizadas subidas. Era una sombra. Una que, en su avance, me inoculó miedo.

El miedo se siente pocas veces en la vida.  Aunque usemos esta palabra para identificar otras sensaciones como la angustia, la ansiedad, la preocupación. Pero el miedo solo entra en la piel de uno cuando el horror queda al descubierto por aquello que carece de condición humana.

Realmente era de mala suerte que justo el día planificado con tanta anticipación se fuese la luz. Habíamos calculado que con lo reunido en el festival podríamos tener lo suficiente para instalar el servicio de desagüe que le hacía falta al predio.

Empujé la puerta metálica para ingresar a la quinta y la electricidad volvió en ese instante. Las luces se encendieron. El huayno ayacuchano volvió a sonar en el punto en que había sido detenida la melodía:

… La sangre del pueblo/ tiene rico perfume/ La sangre del pueblo/ tiene rico perfume/ Huele a jazmines, violetas/ geranios y margaritas/ A pólvora y dinamita….

Después de haberme deslizado por la garganta del monstruo, ahora parecía haber llegado hasta su torrente sanguíneo. Me sentía flotar en sangre. El rojo lo cubría todo. Las mesas y sillas estaban de cabeza, habían más de diez cuerpos en posición de haber querido huir y de haber intentado protegerse. Las paredes, la puerta, el piso, todo estaba cubierto de sangre, impregnado de olor a sangre, como si el espacio, con todos sus componentes, hubieran sido sumergidos en ella.

Las huellas de pasos y resbalones sobre los charcos de sangre mostraban el sello indiscutible de la desesperación.

La bolsa en la que traía el licor debió haberse estrellado contra el piso cuando perdí la conciencia. Y debí haberme arrastrado en mi locura porque al recuperarme, yo misma era parte del cuadro rojo.

Empapada de mucosidad sanguinolenta, solo quería escapar, pero no lograba hacerlo. Me quedé paralizada, boca abajo, donde me desmayé, sin fuerzas, confundida por la impresión de semejante horror.

Cuando llegó la policía y el fiscal, como había sido la primera en ver la escena y al auto sospechoso, me acerqué a ellos para que tomaran mi declaración. Me ignoraron.

Los rostros de los cuerpos de mis vecinos ya habían sido cubiertos con periódicos. Pero la contextura y la vestimenta de una de las personas, en particular, me hizo entrar en zozobra. Esas zapatillas yo las conocía. Eran mías y mi hermana se las había puesto. Rogué porque fuera una coincidencia, retiré el periódico de su rostro. Era el mío.

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