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Cuentos

Annigan, Luna de sangre

Autor: Carmen Luz Gorriti

        Dicen los que saben, que Luna es macho.
Cuentan que, a veces, harto de su gélida existencia, se pone hermosos disfraces para caminar
la noche y se filtra en las casas de los humanos, dispuesto a inflamarse entre sus pasiones. 

«Cuídate de Anningan, me soplaba la abuela, cuídate de su fría llamada de amor»

Cada mañana ella me examinaba con ansia y siempre descubría un nuevo, pequeñísimo orificio. Abuela estaba muy preocupada, porque a ese paso pronto desaparecerían los últimos colores de mis mejillas y terminaría de cruzar el río del inframundo. Nadie encontraba la manera de evitarlo, incluso trajeron al Ccaantee que lanzó hechizos y quemó hojas del viejo Arce del Fin del Mundo, para ofrendarlo al viento. Ancianos y jóvenes del Clan bailaron aquella noche para alejar las miasmas de lo que me estaba consumiendo, los niños fueron felices y las doncellas consiguieron marido, pero yo amanecí con nuevas señales en mi cuerpo. ¿Te duele? preguntaban las vecinas y yo que no, que nada. Pero en verdad, el ardor era insoportable. Veía pasar mis últimos días, pensando que mi cuerpo lleno de picaduras serían el pasaporte a la Tierra Ignota y aun así mi ánimo estaba más congelado que la Montaña Sagrada. Abuela sospechó algo. Aquella noche, sin decir nada a nadie, abandonó la piel donde dormía con su marido, tratando de no despertarlo y se acurrucó en la esquina de la habitación, cerca de las brasas aún calientes. Ahora me voy a enterar, se dijo y quien la conoce sabe que, por conocer lo que importa, hubiera dado la vida si era necesario. Yo estaba profundamente dormida cuando la lechuza cantó sobre la rama del aliso, mi cuerpo se sacudió y empecé a soñar. Roppe, el vecino que se fue a las Nieves hace meses, entró por la puerta de nuestra morada y me miró con ojos brillantes. Estaba tan resplandeciente como en mi recuerdo, cuando solía bailar bajo la luz de Anningan, pero ahora ya no se alejaba de mí con gesto indiferente, sino que vino hasta el lecho, para retirar las pieles de nutria que me cubrían. Me estremecí. Un inmenso placer me esperaba, como cada noche, desde que Luna de Sangre apareció en el cielo, Roppe cubrió de besos mi palidez y volví a encenderme. Todo en mí se volvió ofrenda y agua de primavera, yo te amo le decía con mi boca y con mis manos, toma todo, llévame contigo.

Un gran golpe despertó a los habitantes de nuestro refugio. Abuela tenía un garrote en las manos y bajo este, el cráneo destrozado de un inmenso vampiro. Este es –dijo triunfante- el bicho que se estaba consumiendo tu savia, ahora vivirás, niña mía. Yo, totalmente despierta ahora, vi los restos de aquella alimaña sobre las pieles de mi cama, y me puse a llorar.

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